Presentación

Luis Ybarra, director de la Bienal, en el Teatro Chaillot
Esta edición de la Bienal celebra un siglo desde que el flamenco empezó a desarrollarse como un arte escénico tras su paso por los cafés cantantes. Un siglo desde el apogeo de la llamada Ópera Flamenca, cuando los cosos se impregnaron de este arte al calor de una generación dorada: La Niña de los Peines, Manuel Vallejo, Pepe Marchena…, además de aquellas figuras del baile que colmaron los carteles europeos: La Argentinita, Vicente Escudero, Pastora Imperio… Ahondando en la esencialidad de las cosas, sugerimos una búsqueda de perlas a millares a través de la programación. Entra en juego lo sutil y lo soslayado. Perlas de sobra conocidas, resplandecientes, pero también otras que nos deslumbran desde la oscuridad. Nada se calca, pero todo se revisita. Y si no hay nada más moderno que lo olvidado, como decía Borges, desde aquí echamos la vista por márgenes y centros para explorar atávicas emociones. La Bienal es un grito en la memoria. Todas las raíces y alas de un pueblo aguardando durante dos años a que vuelva a subirse el telón.
La Bienal, además, no solo tiene lugar en los espacios escénicos que ocupa con más de setenta funciones, decenas de estrenos absolutos y noches únicas; aquellas obras que no nacen con la vocación de girar, sino de suceder, y que se antojan de extrema singularidad dada su localización, repertorio o artistas invitados. Por encima de todo ello, o alrededor, el flamenco inunda academias y redacciones de medios, talleres, estudios de baile, banderolas, patios, calles, mentes y cada estertor de la ciudad. Sevilla, un siglo después, sigue siendo la punta de lanza de esta viva expresión de los asuntos que conciernen al mundo.
Luis Ybarra
Director de la XXIV Bienal de Flamenco