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Notas al Programa

Domingo, 14 de marzo

  • Capilla del Palacio Gótico del Real Alcázar de Sevilla
  • 21.00
  • Semana de la vihuela y cuerda pulsada
  • Carta blanca a Hopkinson Smith
  • Francia, Italia e Inglaterra en el siglo XVI
  • Conferencia y concierto de Hopkinson Smith

  • 10 €
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  • NOTAS AL PROGRAMA
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  • Los humanistas del siglo XVI relacionaban el laúd con la lira de la Grecia clásica; por eso lo consideraron instrumento noble por excelencia, y por eso estuvo muy vinculado a los cambios cruciales que la música conocería a finales de aquel siglo, especialmente el paso de la polifonía a la monodia. No puede olvidarse que Vincenzo Galilei, miembro de la Camerata Bardi y autor de uno de los tratados más influyentes de su época, el Diálogo de la música antigua y de la moderna, era laudista, y que el laúd fue considerado el instrumento de acordes más apropiado para acompañar a las arias y canzonettas monódicas que empezaron a publicarse a partir de Le Nuove musiche de Giulio Caccini (1602).
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  • No es por ello raro que, salvo en España, donde dominaba su hermana la vihuela, el laúd se convirtiera en el objeto preferente de multitud de ediciones por toda Europa. Desde que en 1500 Petrucci iniciara con su Odhecaton la historia de la imprenta musical, la difusión de las piezas de moda se vio enormemente facilitada, y ello se hizo en gran medida en versiones para los instrumentos, de forma muy especial para el laúd. Fueron muchos los editores que ofrecieron colecciones de famosas piezas de la época en tablaturas para el laúd, esto es, con una notación que facilitaba la lectura para los intérpretes. Si Petrucci dedicó una atención muy preferente al instrumento, el parisino Pierre Attaingnant, que puede considerarse uno de sus principales seguidores en el arte de la impresión, prefirió trabajar sobre la canción polifónica, aunque también dejó dos colecciones de piezas laudísticas en 1529 y 1530. Las ediciones de Attaingnant, que se presentaban en una tablatura francesa hasta aquel momento inédita, y que por cierto estaban cuajadas de erratas, prestaban especial atención a los arreglos de la rica tradición de la canción parisina, muy especialmente de las canciones de Claudin de Sermisy, cuyo Tant que vivray era ya un hit parade de la época, pero incluía también cinco Preludios de gran interés, pues son los primeros que con ese nombre vieron la luz en Francia.
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  • En Inglaterra, las ediciones laudísticas se retrasaron hasta la segunda mitad del siglo, y el papel preponderante que se dio al instrumento fue el de acompañante para las canciones, un género en el que John Dowland alcanzó una maestría deslumbrante. El equilibrio que el músico logró entre todos los elementos que conformaban su música, marcada por un lirismo exacerbado, habitualmente de carácter melancólico, quedó reflejado igualmente en las piezas concebidas para laúd solo, en las que dominaban preferentemente los aires de danza. Su contemporáneo Anthony Holborne fue también conocido por la composición de música de baile, muy especialmente por la asociación de pavanas y gallardas. Holborne compuso sin duda muchas canciones con acompañamiento laudístico, además de piezas solísticas, aunque en sus dos ediciones publicadas en vida no se hace referencia explícita al instrumento: The Cittharn Schoole (1597) recogía 58 piezas dedicadas a la cítara y Pavans, Galliards, Almains and Other Short Aeirs both Grave, and Light, in Five Parts, for Viols, Violins, or Other Musicall Winde Instruments (1599) era una colección de 65 piezas para broken consort, esto es, para conjunto que reunía instrumentos de diversas familias.
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  • En la Italia del Renacimiento, el laúd jugaría un papel fundamental, tanto en el terreno artístico como en el sociológico. Las ediciones de Petrucci en Venecia dedicaron al instrumento especialísima atención, pero si un nombre va a adquirir fama internacional ése es el de Francesco Canova da Milano, músico que trabajó para cuatro papas diferentes, fue organista en Milán y sólo hizo una publicación en vida, una colección de 91 ricercares o fantasías que vieron la luz en 1536 y serían reeditadas multitud de veces. No cabe duda de que Da Milano cultivaba en el laúd la reducción de todo tipo de piezas vocales y de que las danzas se contaban entre lo más granado de su repertorio, y de hecho el uso de ricercares o fantasías (el compositor utilizaba indistintamente uno u otro nombre) parecía asociado a la introducción de piezas vocales, como una forma de fijar el tono. Eso ha quedado recogido en una fuente literaria de la época, la Novella trentanovesima de Matteo Bandello: “[...] el gentilhombre músico Francesco da Milano, único entre nosotros y divino tañedor de laúd, queriendo tocar alguna bella canción, antes de ejecutarla, toca dos o tres, como se las llama ‘ricercate’, a fin de que posteriormente se deguste y entienda mejor la armonía de la canción”. Estas fantasías son de un virtuosismo y de una elegancia y una profundidad contrapuntísticas que aún hoy nos emocionan, pero no queriendo Hopkinson Smith reducir su visión del músico a lo publicado, ha asumido su papel arreglando en su estilo danzas y canciones que el divino Francesco no pudo dejar de conocer.
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  • Pablo J. Vayón
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